sábado, 20 de octubre de 2018

LA ENERGÍA QUE EMANA DE NUESTRAS MANOS

La utilización de las manos para curar a los enfermos, una antigua práctica considerada por la medicina científica moderna como una mascarada mística, está empezando a ser revisada por los expertos en cuidados sanitarios, después de que varios estudios hayan demostrado que la mayoría de la gente puede aprender a usar las manos. 

Los investigadores han observado claros efectos fisiológicos como resultado de una versión modernizada de la imposición de manos, entre los que se encuentran el alivio del dolor, reducción de la ansiedad, aumento de la cantidad de hemoglobina portadora de oxígeno en la sangre y cambios en las ondas cerebrales que implican relajación.

Un gran hospital de Nueva York llevó a cabo recientemente un estudio científico que demuestra que los efectos del contacto terapéutico van mucho más allá del conocido efecto placebo, en el cual los pacientes mejoran porque creen que la terapia es beneficiosa. Tanto en éste como en otros estudios se descubrió que el contacto terapéutico -entre las manos del curador y cuerpo del paciente-, producía efectos beneficiosos, incluso cuando el paciente desconocía lo que se pretendía conseguir con la mencionada técnica. Los estudios parecen mostrar también que el curador no precisa de ningún talento ni poder especial, necesitando tan sólo información y práctica para utilizar apropiadamente la técnica. En esos aspectos, el contacto terapéutico difiere bastante de la curación psíquica, que depende de la fe del receptor en los poderes extraordinarios de un determinado curador. El contacto terapéutico no se atribuye a ningún tipo de cura milagrosa. “El contacto terapéutico no es la panacea”, manifiesta en una entrevista la doctora Janet Quinn, una de las principales estudiosas de la técnica. “La gente no arroja al suelo sus muletas ni se cura de cáncer”.
Es un método de mejoría, no de curación
La doctora Quinn es subdirectora de cuidados clínicos de la universidad de Carolina del Sur, en Columbia, y se ha beneficiado de la primera beca para estudiar el método. Se encuentra entre aquellos médicos y personal clínico que creen que la mejoría -refiriéndose a la integración del cuerpo y la mente, algo que ha sido casi ignorado por la medicina moderna puede facilitar la curación. “El contacto terapéutico no es un método de curación, sino de mejoría”, asegura, y lo describe como un apoyo a los cuidados médicos y clínicos tradicionales.
Para la doctora Dolores Krieger el contacto terapéutico es un animador de la capacidad de recuperación del propio paciente y acelera el proceso curativo. Entre los estudios de la doctora Krieger están los que indican que la imposición de manos puede incrementar los niveles de hemoglobina en la sangre del paciente.
La doctora Krieger es profesora de enfermería en la universidad de Nueva York y autora de The therapeutic touch (El contacto terapéutico), un libro que describe la práctica y sus resultados, que ha sido publicado en 1979 por PrenticeHall. Lleva 15 años estudiando el contacto terapéutico y lo ha enseñado a miles de profesionales, muchos de los cuales lo utilizan como parte de los cuidados clínicos normales. La doctora Quinn ha estudiado con la doctora Krieger.
Por lo menos dos investigadores (Philip E. Clark, psiquiatra clínico del centro médico del ejército Dwight David Eisenhower, en Fort Gordon, Georgia, y Mary Jo Clark, profesora ayudante de enfermería del Colegio Médico de Georgia) dicen que les parece prematuro enseñar el uso del contacto terapéutico.
En un artículo publicado el año pasado en el Journal Nursing Research manifiestan que aunque la técnica “es interesante”, nunca alcanzará “credibilidad profesional sin una evidencia clara y objetiva que la apoye”. Según ellos, la mayoría de los estudios anteriores á los de la doctora Quinn tenía fallos metodológicos que invalidaban los descubrimientos.
La doctora Quinn dice que el uso clínico del contacto terapéutico se ha extendido mucho, a pesar de la carencia de suficiente investigación científica y comprensión de la forma en que actúa. Debido a la falta de fondos para el estudio del contacto terapéutico, los usos más corrientes de la técnica se basan principalmente, por no decir en su totalidad, en la experiencia clínica más que en verdaderos experimentos científicos.
Por ejemplo, la técnica se usa a menudo en las maternidades para ayudar a los niños prematuros con dificultades respiratorias.
“Un contacto terapéutico muy breve, sin llegar a tocar realmente al niño, parece relajar al bebé lo suficiente como para que lleve más oxígeno a los tejidos del cuerpo”, dice la doctora Quinn, y añade que “los médicos a menudo le dicen a la enfermera que conoce la técnica de contacto que se la aplique al niño”. Consciente de que esto no es más que evidencia clínica anecdótica, la doctora Quinn dice que ahora hay que dedicarse a estudiar científicamente el fenómeno.


Convencimiento del curador
La práctica del contacto terapéutico se inicia con la concentración, o el convencimiento del curador de su intención de curar centrándose en sus propias energías para ayudar al paciente. La doctora Quinn describe esta concentración como un estado de alteración de la consciencia, en la que se suprimen todos los pensamientos ajenos al hecho. La doctora Krieger señala que el solo hecho de querer curar no es suficiente; si lo fuera, toda madre de un niño enfermo sería una curadora efectivísima.
Manteniendo sus manos a unos 10 o 15 centímetros del paciente, el curador concentrado mueve las manos sobre el cuerpo del paciente de la cabeza a los pies, tratando de buscar claves sobre el estado del paciente. Parece ser que las manos pueden detectar zonas del paciente con exceso de energía, indicativas de una tensión acumulada o de la enfermedad, y redirigir o redistribuir esa energía para aliviar el síntoma.
La doctora Quinn demostró la importancia de la concentración en un estudio dirigido por ella en el Centro Médico San Vicente, de Nueva York, entre 60 pacientes del corazón. Los curadores se dividieron al azar en dos grupos. Las enfermeras de un grupo fueron instruidas para concentrarse en la curación mientras pasaban sus manos sobre los pacientes; las enfermeras del segundo grupo recibieron la instrucción de contar al revés desde 100, de siete en siete, mientras hacían los mismos movimientos que las del otro grupo.
La operación fue filmada y ninguno de los observadores independientes pudo distinguir las curadoras reales de las que estaban abstraídas contando.
A los pacientes simplemente se les dijo que las enfermeras estaban tratando de descubrir lo que se podía aprender del cuerpo humano a través de las manos.
Los grados de ansiedad de los pacientes se midieron antes y después de la exposición de los pacientes a los ejercicios reales y simulados. Los pacientes cuyas enfermeras se habían concentrado en la curación experimentaron una reducción de la ansiedad altamente significativa en relación con el grupo de
pacientes de las enfermeras que simplemente se dedicaban a contar, manifestó la doctora Quinn en la revista Advances in Nursing Science. Después de solamente cinco minutos de verdadero contacto terapéutico, los grados de ansiedad descendieron un 17%, en tanto que no hubo variación alguna en la ansiedad de los pacientes cuyas curadoras se dedicaron a contar. La doctora Quinn dice que el estudio demostró también que los pacientes no tenían por qué saber lo que estaban haciendo las enfermeras ni
los supuestos beneficios del contacto terapéutico.
Con la beca recientemente obtenida de la División de Enfermería el Departamento de Salud y Atención Humana, la doctora Quinn intenta repetir este estudio y ampliar sus investigaciones a la exploración de otros efectos del contacto terapéutico, además de buscar una explicación más amplia a los motivos por los que el método tiene efecto. “La hipótesis de trabajo se basa en que hay una transferencia de energía del curador al paciente”, aclara la doctora Quinn. Los pacientes informan que pueden sentir calor que emana de las manos del curador. Ésta puede ser la razón del funcionamiento de la técnica, aun cuando el curador no llega a tocar realmente al paciente.

Una transferencia de energía
La creencia de que la imposición de manos implica una transferencia de energía entre el curador y el paciente es muy antigua, el llamado prana en sánscrito. La teoría consiguió cierto apoyo con los primeros estudios modernos sobre contacto terapéutico llevados a cabo por el doctor Bernard Grad, un bioquímico de la universidad McGill, de Montreal.
Los estudios controlados de Grad demostraron que la imposición de manos, sin contacto físico, podían incrementar la rapidez de curación en ratones y la rapidez de crecimiento en las plantas.
Autor: Angeles Castell

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