jueves, 20 de diciembre de 2018

CARTA DE AMOR DE MADRE KWAN YIN SOBRE LA NAVIDAD.

24 de diciembre

Con mucho Amor en esta Navidad, para todos Ustedes que reconocen la
divinidad de Kwan Yin, dejándose guiar por ella hacia la unión con la Energía Crística.

"Amados Hermanos Yo Soy KWAN YIN y hoy estoy entre ustedes.

Mi contribución será en pequeños escritos que, a manera de cartas, irán dirigidas hacia aquellos seres cuyas vidas se han turbado, por carecer de la fuerza purificadora del amor; serán llamas vivas, llamas de amor, dirigidas hacia lo más interno de los seres, para llegar a tocar esas fibras que en algún lugar recóndito del corazón han quedado insensibles, por haber recibido dolorosos arañazos en el bregar de la vida cotidiana.
Cartas de amor para aquellos seres que envueltos en sombras, tratan de sobrevivir en un mundo en donde las apariencias valen más que las realidades espirituales, en donde la jerarquía de valores ha puesto por encima de todo, la satisfacción de los deseos carnales, en donde la voz del dinero se escucha más alta que la voz del espíritu.
He venido para regar con amor esos huertos resecos en donde antaño florecieran las más bellas creaciones de Dios, pero que el miedo, la desconfianza, las plagas de la incomprensión, el frío invierno de la indiferencia, trocaron los fértiles campos en áridas tierras.
Soy la portadora de ese Aliento Divino y espero que en estas palabras surgidas de la misma fuente con que Cristo consumió los pecados humanos, podamos hacer el milagro de crear la vida en un mundo de muertos. Y en esta primera epístola, quiero referirme a la Navidad, a esa estación en donde el aroma de las flores vuelve a perfumar el aire reseco que respiran los hombres.
CRISTO-LUZ.
Un 25 de Diciembre hace muchos años, un beso de amor tocó la tierra y confirmó el pacto que Dios mismo condensaba en un pequeño cuerpo humano; cada célula de su cuerpo era luz comprimida, era una llama de amor que consumía todo lo que tocaba y cada palabra, cada movimiento, cada pensamiento, era como el vibrar delicado de las cítaras y laúdes que sublimaba la naturaleza humana, hasta hacerla percibir el maravilloso mundo de Dios.
Y ese beso bendito caminó por la tierra y su aliento cubrió a los hombres con una maravillosa esencia de amor y la humanidad, pequeñas criaturas ignorantes, recibieron esa energía y reaccionaron de la manera más diversa, pero a todos llegó y esas luces que conformaban su cuerpo, esos átomos de luz que eran pequeños soles en el universo, quedaron regados por toda la superficie de este planeta, como una herencia divina hacia las generaciones futuras de esta raza humana.
Cada chispita de luz proveniente de su cuerpo, sigue trabajando a donde quiera que la naturaleza misma la lleva, ya sea purificar las aguas de los mares, limpiar las aguas de los ríos, iluminar la atmósfera que respiran las mentes humanas, o fecundando los campos a donde ha llegado, pero cuando esos átomos de luz son recibidos por la gloriosa ley del Padre en algún ser humano, su vida toda se transforma y sus pasos se reorientan hasta consumirse en esa misma llama que animó a Cristo cuando pisó la tierra.
Benditos aquellos que han tenido el amor de poseer un átomo del Cristo; bienaventurados los otros, los que siguen las huellas de ese amor, porque reconocen en él la senda que el Padre ha dejado marcada para su evolución.
Bendita humanidad que duerme, pero que ahora mismo, la aurora de un nuevo día empieza a asomarse ya por el horizonte, anunciando una era de amor, de luz y armonía.
ESPERANZA Y RESPONSABILIDAD.
Hombres de la tierra, hijos de Dios, la Navidad es el símbolo permanente de la esperanza de que el día del despertar se está acercando, de que el día llegará en todos los corazones; permanezcan unidos en sagrados lazos luminosos y las voces en coro se levanten a un tiempo, para entonar la nota que el universo reclama a este planeta.
Mi amor queda entre ustedes y la luz que les dejo llévenla más allá, hasta los lugares más recónditos de los corazones humanos, para que hasta el ser más infortunado sepa: Que la distancia que lo separa de Dios, es exactamente igual que la distancia que separó a Cristo de Él.
Lleven estas líneas a los corazones oprimidos para que beban el consuelo de ese amor que no pide nada, sino tan sólo ser aceptado.
Llévenlas también a los enfermos, para que su atención no se ponga en ese cuerpo que por designios misteriosos no ha sido lo armónico que ellos desearan; sepan que más allá de todas las apariencias, el espíritu humano vive en eterna armonía y comunión divina y que en ese reino de luces no hay lugar para los dolores.
Llévenlas a todos, para que cada quien sepa y tome de ellas el mensaje que su corazón le pide y que su mente no encuentra. Con todo mi amor, como un regalo para ustedes.
Kwan Yin y Otros Maestros Ascendidos.
Edición: Carolina Paola Tomckowiack y Jorge Francisco Iturra 

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